Lectura e identidad

16 agosto 2022 / By Walid Pimienta

 

Por Alma Fernández

 

Cuando leemos nos ponemos en contacto, antes que nada, con nosotros mismos, con la manera en que tejemos conciencia a lo largo de la vida en medio del contexto que nos envuelve. Vida y palabra nacen de la misma fuente paridora que acontece en el territorio imaginario en el que se cruzan los pensamientos humanos con el mundo que los produce. Allí, la voz de quien habla, canta, cuenta, llora, se convierte en vehículo de la cultura, del encuentro con el otro y con la naturaleza de la cual hace parte integral. Lo que Graciela Montes nombra como “la frontera indómita”, es el lugar donde nace y se anidan la lectura y la escritura en sus más profundos significados:

“¿Por qué hacer literatura? ¿Por qué leer literatura? ¿Por qué editar literatura? ¿Por qué enseñar literatura? ¿Por qué insistir en que la literatura forme parte de la vida de las personas? ¿Dónde está esto que llamamos literatura? ¿Dónde debemos ponerla?

Pertenece, estoy convencida, a la frontera indómita, allí precisamente tiene su domicilio.”

  • Graciela Montes, de La frontera indómita

Es allí, donde se descubren los grandes temas, las importantes preguntas por hacer, las dudas interminables, los pequeños aciertos, los aspectos esenciales para tomar posición en cualquier asunto de transcendencia. Allí, nos descubrimos fértiles o inhóspitos, tercos o dóciles, amables o terribles, obedientes o rebeldes, condescendientes o implacables. Sin embargo, esto no sería posible si no tuviéramos el espejo de la otredad para encontrarnos. Para poder ser, tenemos que mirar en los otros, en quienes son semejantes por haber nacido en el mismo marco cultural y en quienes son distintos por el complejo hecho de pertenecer al otro lado del mismo, sin pasar por alto el sinnúmero de posibilidad que aquí no se mencionan. Tal como dijo Ernest Heminway “Nadie es una isla”. Nos construimos como comunidad en la juntanza, conviviendo desde las diversas lecturas que hacemos del mundo. Todos leemos, de muy variadas formas y es en el respeto por la diversidad que enriquecemos nuestra identidad.  Por ello, cito a Beatriz Helena Robledo:

“No existe una manera ideal de leer, tampoco resulta válida la legitimación de un canon determinado y menos aún la calificación antagónica entre lectores y no lectores. Es conveniente partir del presupuesto de que todos somos lectores de una u otra manera, pues leer es una capacidad propia del ser humano, si consideramos que leer es comprender, interpretar, construir sentido a partir de los signos, las imágenes, las oralidades, los textos.”

  • Beatriz Helena Robledo, de Lectores en camino

Para hablar de identidad con relación a la lectura, es necesario acudir a la relación tripartita lector – otros – mundo, pues estas tres instancias son cruciales para la toma de decisiones que se realiza en cada acto de habla o de expresión, para determinar el origen, las palabras seleccionadas del repertorio de la lengua, su relación con la gran red de relaciones intencionadas de la enunciación y la inmensa cantidad de escenarios posibles. Combinaciones que nos hacen únicos pero que también nos unen desde nuestras tradiciones, desde la forma que tenemos de vivirlas e interpretarlas de una forma auténtica y autónoma.

Cuando hacemos parte de una sociedad, entendemos sus modos generales de asumir la vida, sus lógicas, y es allí, precisamente, que nos diferenciamos. Esta diferencia, es cada vez más valiosa ante un mundo globalizado en el que tienden a desaparecer las tradiciones en pro de la homogeneidad. Los modos de hacer música, cocinar, usar una lengua propia, bailar encierran una gran importancia a la hora de marcar nuestro lugar en el mundo.

Podemos pensar, por ejemplo, en el encuentro con el extranjero que llega de visita a un pueblo del Caribe colombiano: ¿qué busca? ¿por qué atraviesa latitudes para llegar a ver y conocer lo que para muchos no son más que calles polvorientas? Vale la pena pensarlo. La diferencia es la cultura, la identidad que en la mayoría de los países industrializados se ha perdido, en Colombia y Latinoamérica, se encuentran vivas y burbujeantes. Las innumerables fiestas, las deliciosas preparaciones de las abuelas, el apoyo mutuo de las familias extensas, los acentos particulares, las creencias religiosas, los trajes típicos, las historias que no nos cansamos de contar, las rondas y adivinanzas, nuestra propia forma de contar lo que nos pasa día a día, son expresiones de valor inmenso que a veces se pierden en la cotidianidad pero que tenemos la posibilidad de revivir y mantener.

En este sentido, desde las escuelas son muchas las posibilidades de cultivar y valorar estas expresiones, sin dejar a un lado el diálogo y la constante mirada hacia la actualidad. Las juventudes tienen la posibilidad de aprender de sus raíces para transformar sus formas de manifestar el arte y la cultura. Respetar las diferencias es uno de los más grandes aprendizajes que unen las generaciones y cuya bandera la toman en sus manos quienes vienen surgiendo en el presente.