Joel Montero, Merecedor del Primer puesto en el concurso, Historias de Viajan, del proyecto, Maletines viajeros.

A mi bisabuela Mercedes Molina “Vieja Meche” y a mi abuelita Sonia Ramírez Molina
Era una mañana soleada en Manaure, y el olor del café recién hecho se mezclaba con el canto de los pájaros en el patio. Mis hermanos y yo nos reunimos en el corredor de la casa, ansiosos por escuchar a la abuelita Meche, quien con una mirada entusiasmada, comenzó a relatarnos hechos de su juventud. Cada palabra, cada frase era un regalo, que llegaba a nuestra mente y a nuestro corazón. Fue así como, en medio de la unión familiar, decidió compartir con nosotros estas maravillosas historias.
Cuenta la abuela que conoció a mi abuelo cuando ella tenía 16 años y él, 18. Se enamoraron y se mudaron a una finca llamada las Virtudes, donde tuvieron a sus 12 hijos, uno tras otro. En la finca sembraban café, lo recogían, lo secaban y luego lo llevaban al pueblo para venderlo. Con las ganancias, podían comprar alimentos y las cosas que necesitaban.
Durante la temporada de recolección de café, llegaba mucha gente a la finca y a mi abuela le tocaba cocinar para todos ellos, se despertaba muy temprano para pelar un gajo de guineo y preparar el desayuno. Después de cocinar, recorría las matas para recoger los granos que quedaban. El descanso para ella era irse para el rio a lavar la ropa sucia del marido y de sus hijos.
Cuando bajaban al pueblo, a mi abuela le decían: "Ahí viene la gallina con los pollitos", porque ella iba al frente y todos sus hijos la seguían detrás. Los más grandes cuidaban de los pequeños, la ayudaban a bañarlos, alimentarlos y jugar con ellos. Se querían mucho, como verdaderos hermanitos. Para las fiestas de la Virgen del Carmen les compraban ropa nueva para ir a misa y a la procesión. A los varones les compraba camisitas y pantaloncitos, mientras que a las niñas les daban vestidos, que generalmente eran del mismo color o la misma moda.
A medida que mis tíos iban creciendo y alcanzaban la edad escolar, eran enviados al pueblo para asistir a la escuela durante la semana, con la esperanza de que lograran un mejor futuro. Al llegar el viernes, volvían a la finca para pasar el fin de semana con sus padres, ayudándolos en sus tareas sin importar que era su tiempo de descanso. Sin embargo no todo era trabajo; también se divertían. Los niños cortaban hojas de plátano y la usaban para deslizarse por las montañas, mientras que las niñas construían casitas de paja y cocinaban en pequeños fogones que hacían con palos y piedras.
En aquellos tiempos, la Semana Santa era muy respetada. Durante los jueves y viernes Santos, las personas no trabajaban, no cocinaban, y se bañaban antes del mediodía para evitar convertirse en peces o sirenas. Un día de Semana Santa, mis tíos fueron al chorrito, un manantial, a buscar agua, pero se entretuvieron jugando y se les hizo mediodía. De repente, apareció un manto blanco que les impedía el paso. Asustados y desesperados, comenzaron a rezar, y el manto desapareció de forma repentina. A las doce del día, en los troncos de los árboles de naranja y limón, brotaban higos que recogían y amarraban en hilos para colocárselos a bebés recién nacidos, protegiéndoles del mal de ojo.
Nos contó la historia de don Chico, un hombre del pueblo. Cuando era niño, solía llevarle la comida a su papá en una mochila. Su mamá siempre le advertía: "No te metas con la comida de tu papá, porque te puede morder una serpiente". Sin embargo, desobedeció y comió parte de la comida. Justo en ese momento, una serpiente lo mordió, y debido al veneno, tuvieron que amputarle el brazo y la pierna. Don Chico compartía su historia con todo el pueblo para que los niños aprendieran a escuchar y obedecer a sus mayores.
Por eso los jóvenes y chicos respetaban la Semana Santa no jugaban boliches porque en la noches sentían los boliches rebotar solos. Tampoco jugaban dominó, ya que oían las fichas moverse y evitaban quedarse despiertos hasta tarde porque comenzaban a escuchar ruidos extraños. Cuenta la abuela que los valores se han ido perdiendo. Dice que el respeto que antes se tenía por los padres, los maestros y las cosas sagradas, ahora se extraña en nuestra sociedad. Por eso, nos invita a todos a escuchar a nuestros abuelos, para que aprendamos de su sabiduría y recuperemos esos valores que tanto hacen falta.
Dedicado a mi bisabuela Mercedes Molina “Vieja Meche” y a mi abuelita Sonia Ramírez Molina.